El hito no me dice casi nada. La trayectoria me lo dice todo.
- Margarita Torres, PT, DPT
- hace 1 día
- 7 min de lectura

Llevo más de veinticinco años sentada en el suelo con niños. He perdido la cuenta de las veces que una familia entra a consulta con una sola pregunta clavada en el pecho: "¿va tarde?". Y durante mucho tiempo, yo también respondía mirando solo eso: la edad, el hito, la casilla marcada o vacía. Con los años entendí que esa pregunta, aunque legítima, casi nunca es la que necesito responder primero.
Quiero compartir con colegas de fisioterapia, terapia ocupacional, lenguaje, estimulación temprana y pediatría algo que aprendí despacio, con muchos niños y con más de un error propio: el hito motor es un dato de llegada, no un dato de proceso. Nos dice qué apareció. No nos dice cómo se construyó, cuánto costó, ni qué tan disponible está para la vida real del niño.
La ventana amplia no es un consuelo, es evidencia
El estudio multicéntrico de la OMS con más de ochocientos niños sanos de cinco países mostró algo que a cualquier clínico con experiencia le resulta familiar:
la sedestación sin apoyo puede aparecer entre los 3,8 y los 9,2 meses.
La marcha independiente, entre los 8,2 y los 17,6.
Estos rangos corresponden a los percentiles 1 y 99. Es decir, no son un margen de tolerancia inventado para tranquilizar a las familias. Describen una variabilidad real observada dentro de una población de referencia saludable.
A mí, comprender esto me ayudó a dejar de tratar la edad como si fuera un diagnóstico.
Un niño de trece meses que todavía no camina no presenta, por ese solo hecho, una bandera roja. Necesito mirar qué está ocurriendo alrededor de esa habilidad: cómo se desplaza, si realiza transiciones, si carga peso sobre los miembros inferiores, si busca la bipedestación, si explora su entorno y, sobre todo, si su trayectoria continúa avanzando.
De la misma manera, un niño que camina a los nueve meses no está, únicamente por haberlo conseguido temprano, libre de cualquier preocupación futura. La adquisición precoz de un hito tampoco nos permite conocer la calidad de su repertorio, su capacidad de adaptación ni cómo evolucionarán otras áreas del desarrollo.
La edad aporta información, pero no puede interpretarse sola.
Y sin embargo, y esto también hay que decirlo con la misma firmeza, estar dentro de la ventana amplia no cierra el caso. Si hay regresión, si hay una asimetría que se sostiene en el tiempo, si el repertorio no avanza durante meses o si el movimiento cuesta muchísimo más de lo esperable, la ventana amplia no protege a ese niño de una evaluación más profunda.
La amplitud de una ventana no es permiso para dejar de observar.
Si la edad no basta, ¿qué necesitamos mirar?
Reconocer que la edad no era suficiente me dejó frente a una pregunta más difícil: entonces, ¿qué debía observar?
Con los años fui organizando mi razonamiento alrededor de cinco preguntas que hoy me ayudan a comprender mejor una trayectoria motora:
¿El niño está progresando?
¿Cuántas opciones tiene para resolver una tarea?
¿Utiliza ambos lados de manera funcional?
¿Cuánto le cuesta moverse?
¿Cómo repercute todo esto en su participación?
Hoy pienso en estas preguntas como cinco lentes clínicos. No son una escala ni pretenden reemplazar una evaluación estandarizada. Son distintas formas de mirar al mismo niño para no quedarnos únicamente con la edad o con la presencia de un hito.
Primer lente: La progresión
El estancamiento me dice más que la ausencia de una habilidad concreta.
Un niño que durante ocho semanas incorpora dos estrategias nuevas para desplazarse puede mostrar una trayectoria más favorable que otro que continúa resolviendo todas las tareas exactamente de la misma manera que dos meses atrás, aunque ese segundo niño todavía se encuentre dentro de la ventana esperada para su edad.
No necesito que cada semana aparezca un gran hito. El desarrollo no funciona como una escalera en la que todos los peldaños se suben de forma ordenada y predecible. Pero sí busco señales de construcción: nuevos intentos, mayor control, más iniciativa, transiciones emergentes, mejor adaptación o una participación progresivamente más amplia.
La pregunta no es solamente “¿ya lo consiguió?”. También necesito preguntarme: “¿qué está cambiando mientras intenta conseguirlo?”.
Segundo lente: La variabilidad
El desarrollo motor saludable se parece más a un repertorio que a un único truco repetido una y otra vez.
Un niño puede entrar y salir de una posición de distintas maneras, modificar su estrategia cuando cambia la superficie, reorganizar su cuerpo si el juguete está más lejos o pedir apoyo cuando la demanda supera lo que puede resolver solo.
La variabilidad no significa que todos los movimientos deban verse diferentes ni que cada niño necesite utilizar todas las estrategias posibles. Significa que cuenta con opciones y puede adaptarlas a la tarea y al contexto.
Cuando un niño solo tiene una manera de resolver una actividad, repite siempre la misma estrategia y tiene dificultad para modificarla cuando cambia la demanda, vale la pena detenernos a observar. Aunque técnicamente esté cumpliendo el hito, quizá su repertorio todavía sea reducido.
Tercer lente: La simetría funcional
No buscamos una simetría perfecta. El movimiento humano tampoco funciona así.
Lo que necesitamos reconocer es cuándo una asimetría se mantiene en el tiempo, reduce las opciones del niño o interfiere con su función.
El rechazo persistente a cargar peso sobre un lado, un desplazamiento claramente asimétrico, el uso limitado de una extremidad o una preferencia corporal temprana que restringe el repertorio merecen una mirada más profunda.
Una asimetría, por sí sola, no establece un diagnóstico. Pero tampoco deberíamos descartarla automáticamente como una simple particularidad del niño. Importa conocer cuándo aparece, en qué actividades se observa, si puede modificarla y cómo afecta su capacidad para explorar, jugar y participar.
Cuarto lente: El costo
Un niño puede completar una tarea y, aun así, pagar un precio muy alto por ella.
Puede conseguir ponerse de pie, pero necesitar compensaciones constantes. Puede caminar, pero fatigarse mucho antes que sus compañeros. Puede mantenerse sentado, pero depender permanentemente de sus brazos para no perder el equilibrio. Puede subir las escaleras, pero evitar hacerlo porque la tarea le exige demasiado esfuerzo.
No estamos buscando movimientos perfectos. Estamos intentando comprender cuánto le cuesta al niño producir y sostener una habilidad, y si puede utilizarla de manera funcional en diferentes momentos de su día.
Completar una tarea no siempre significa que esa habilidad esté verdaderamente disponible para la vida cotidiana.
Quinto lente: La participación
Al final, esta es la pregunta que da sentido a todas las anteriores.
Ese repertorio motor, ¿le permite al niño jugar, explorar, seguir a sus compañeros, participar en educación física, moverse por su casa, utilizar el parque o realizar con mayor autonomía las actividades que forman parte de su vida?
Porque el desarrollo motor no existe para llenar una tabla. Existe para sostener una vida.
Podemos tener delante a un niño que cumple varios hitos y, aun así, encuentra barreras importantes para participar. También podemos acompañar a un niño cuyo movimiento se ve diferente, pero que ha construido estrategias eficaces para explorar, comunicarse, jugar y formar parte de las actividades significativas para él y su familia.
Por eso la participación no debería aparecer únicamente al final de la evaluación. Necesita estar presente desde el comienzo.
La misma casilla puede esconder dos historias diferentes
Pensemos en dos niños de catorce meses que todavía no caminan de manera independiente.
Uno se desplaza por toda la casa, pasa con facilidad de sentado a cuadrupedia, se incorpora a bipedestación, da pasos laterales apoyado en los muebles y cada semana intenta algo nuevo.
El otro permanece la mayor parte del tiempo sentado, inicia pocas transiciones, en ocasiones gatea, no busca desplazarse ni incorporarse y lleva varias semanas sin ampliar su repertorio.
En una hoja de hitos, ambos aparecen en la misma casilla: “todavía no camina”.
Sin embargo, clínicamente no nos están contando la misma historia.
Lo mismo ocurre a los cinco años con el salto o a los siete con la coordinación general. A esa edad, la pregunta deja de ser únicamente si el niño cumple los hitos básicos. Necesitamos saber si puede aprender una secuencia motora nueva, combinar movimientos, adaptarse cuando cambia la tarea y sostener su desempeño durante el tiempo que dura un juego con sus pares.
Un niño que, a simple vista, corre, salta y sube escaleras puede pasar completamente desapercibido en una lista de hitos. Sin embargo, quizá evita sistemáticamente la educación física, los juegos de pelota o las actividades grupales porque coordinar, anticipar y adaptar sus movimientos le exige mucho más esfuerzo que a sus compañeros.
En ese caso, la lista puede estar completa, pero la participación nos está contando otra historia.
Un semáforo que ordena sin reemplazar el criterio clínico
Con el tiempo, muchos profesionales desarrollamos internamente algo parecido a un sistema de tres niveles, aunque no siempre lo llamemos así.
Cuando existe progresión clara, variabilidad, uso funcional de ambos lados y ninguna señal de pérdida, la conducta razonable puede ser acompañar, ofrecer oportunidades de movimiento y continuar observando la trayectoria.
Cuando la progresión es lenta, el repertorio parece reducido, una asimetría se mantiene o la diferencia con los pares comienza a limitar la participación, necesitamos formular una pregunta clínica concreta y seleccionar la herramienta estandarizada que pueda ayudarnos a responderla. No se trata de aplicar cualquier escala que tengamos a mano por costumbre.
Y cuando aparece regresión, debilidad progresiva, deterioro de la marcha, pérdida de habilidades o dolor persistente, no existe una ventana amplia que justifique la espera. En esos casos debemos ampliar la evaluación y coordinar con el resto del equipo de acuerdo con el contexto clínico y los protocolos locales.
Esta lógica no reemplaza el juicio clínico. Lo organiza.
Y en una agenda cargada, con pocos minutos de consulta y una familia esperando una respuesta clara, ese orden interno puede marcar la diferencia entre reaccionar ante una casilla vacía y tomar una decisión verdaderamente centrada en el niño.
La frase que le digo a las familias desde hace años
Cuando algo me preocupa y todavía no tengo certeza, aprendí a decir:
“Que algo nos preocupe no significa que ya tengamos un diagnóstico. Significa que vale la pena mirarlo con más detalle”.
Esa distinción, aunque parece sencilla, cambia la manera en que una familia recibe la conversación. No estamos anunciando una condición. Estamos explicando por qué necesitamos observar, evaluar o acompañar con mayor atención.
Como profesionales, esa misma distinción debería ordenar el seguimiento. No necesitamos preguntar solamente qué habilidad falta. También debemos observar si el niño perdió algo que ya tenía, si continúa progresando, si dispone de distintas opciones para resolver una tarea, si utiliza ambos lados de manera funcional, cuánto esfuerzo le exige moverse y cómo todo esto repercute en su participación cotidiana.
Después de más de veinticinco años como fisioterapeuta, sigo aprendiendo de cada niño que se sienta frente a mí en el suelo de la sala.
Pero si algo tengo claro es esto: la edad ordena la mirada, pero la trayectoria decide la conducta clínica.
Esa diferencia, pequeña en apariencia, es la que separa una buena vigilancia del desarrollo de una lista de casillas marcadas sin detenernos a comprender al niño que hay detrás.
Referencias
American Academy of Pediatrics. (2025). Developmental surveillance and screening patient care.
Noritz, G. H., Murphy, N. A., & Neuromotor Screening Expert Panel. (2013). Motor delays: Early identification and evaluation. Pediatrics, 131(6), e2016–e2027.
WHO Multicentre Growth Reference Study Group. (2006). WHO Motor Development Study: Windows of achievement for six gross motor development milestones. Acta Paediatrica, 95(S450), 86–95.
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